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04 de Junio, 2016

WhatsApp, Snapchat y las redes sociales personales

Autor: mariof2005, 13:58, guardado en TECNOLOGÍA Y CHIMENTOS

Ariel Torres, para La Nacion


Un acontecimiento incómodo, una revelación y otra vuelta de tuerca en la era post social de Internet


A Mark Andreessen se le ocurrió primero. Si ese sitio nuevo llamado Facebook tiene éxito ofreciendo una red social genérica, ¿por qué no permitirles a las personas crear su propia comunidad online? Ni lento ni perezoso, en octubre de 2005, Andreessen, que había creado Netscape 10 años antes, lanzó Ning, una plataforma para crear redes sociales personalizadas. Logró cierta popularidad y estaba empezando a aparecer en el radar, pero en 2010 Ning dejó de ser un servicio sin cargo y, con eso, se volvió irrelevante para el gran público, dejando entre los analistas la impresión de que la mayoría de nosotros necesita al otro Mark, es decir, Zuckerberg, para socializar en línea. Pero no es así.

Por razones que no viene al caso contar, estos días me han sumado a varios grupos de WhatsApp, y ya saben cómo es. La cantidad total de mensajes diarios es igual al número de grupos al que nos han agregado multiplicado por el número de integrantes de esos grupos al cuadrado. Por ejemplo, si estás en dos grupos de 10 personas cada uno, vas a recibir unos 800 mensajes por día. En cambio, si te han sumado a 6 grupos y el total de personas es de 80, vas a estar recibiendo 12.800 mensajes; unos 530 por hora.

Las cifras de arriba son optimistas. La realidad resulta mucho peor. Por razones que escapan a las herramientas con que cuenta la ciencia hoy, es típico que varios grupos se pongan al rojo simultáneamente. El de los padres del colegio, el de los padres del otro colegio, el del consorcio, el de la oficina, el de las mascotas, el de tus amigos, el de tus amigos en el extranjero, el de la familia, el de tu familia política (¿cómo que no querés que te agregue?), todos, más o menos la misma hora, sin previo aviso, mientras estás manejando o reunido con tu jefe, empiezan a fumigar el ambiente con notificaciones inmoderadas.

Estaba en ese trance, intentando mantener una conversación seria aquí en la Redacción, cuando mi teléfono se puso a vibrar en el bolsillo de mi pantalón con tal intensidad que se me aflojaron los cordones de los zapatos. Todo aderezado con un ringtone que, de tanto repetirse, se tropezaba consigo mismo y construía estrafalarios hipos sonoros. Entonces, un poco molesto y algo perturbado, al tiempo que silenciaba la maldita cosa y pedía disculpas, me di cuenta de algo. WhatsApp no es sólo un mensajero instantáneo. Es también una herramienta para crear redes sociales personales. Cuando hablamos con una persona, se parece mucho a un mensajero tradicional. Pero los grupos constituyen micro redes sociales hechas a la medida de las personas. A nuestra medida.

Foto: Archivo

He allí su genialidad, y la de Zuckerberg, a quien tacharon de loco por haberse gastado 22.000 millones de dólares en febrero de 2014 para adquirir WhatsApp. En rigor, no tengo ninguna prueba de que Zuckerberg haya visto este potencial en el servicio creado por los ex Yahoo! Jan Koum y Brian Acton. Pero dio en el clavo. Al revés que Skype, que poco a poco va perdiendo ímpetu, WhatsApp no para de crecer. Salvo, cosa que valdría la pena analizar, en Estados Unidos; aquí, algunas posibles respuestas.

Click Aqui

¿Cuál es la diferencia entre un chat y una red social personal? El chat es para eso, para charlar. No es poca cosa, dada la naturaleza lingüística de nuestra especie. Hablando podemos pactar una salida, arreglar quién se ocupa de ir al super o cambiar el turno del dentista. Eso y un 99% de chismes y conversación insustancial; he dicho, en otras ocasiones, que gran parte del valor de los mensajeros instantáneos es el de mantenerse en contacto, saber que el otro está ahí.

Ahora, ¿para qué formamos grupos en WhatsApp? ¿Acaso sólo para hablar? No. Los creamos para hacer cosas. Pedís un analgésico a las 10 de la noche un feriado nacional, avisás al vecino que se le escapó el perro (y el vecino sale corriendo a buscarlo), pasás fotos sobre el avance de una obra y coordinás la entrega de nuevos materiales, solicitás una contribución para alguien que necesita ayuda. La lista es interminable y está en la sustancia de estos grupos, en los que las personas y sus proyectos han vuelto a ocupar el centro de la escena.

Me dirán que esto mismo puede hacerse mediante Facebook, y de hecho así ocurre. Pero dada la escala monumental de esta red social, está empezando a reemplazar a la Web. Esto, a mi juicio, es muy malo por definición, pero el hecho es que, con cada vez mayor frecuencia, comercios (grandes, pequeños, medianos, mínimos) y profesionales ponen sus páginas en Facebook, en lugar de hacerlo en la Web abierta. Se les facilitan ciertas métricas y la interacción con sus clientes. Pero un proyecto personal no necesita los Me Gusta ni el Compartir. Cruza de mensajero, Twitter y Facebook, los grupos de WhatsApp ofrecen las herramientas justas para que conjuntos pequeños (digamos, de entre 20 y 30 individuos; usualmente, muchos menos) puedan hacer cosas sin recurrir al teléfono, el mail, el mensaje de texto, el mensajero instantáneo, el fax y el telegrama.

Menos es más, pero no al revés

El éxodo de los más jóvenes desde Twitter y Facebook hacia Snapchat es patente. No sólo, como suele decirse, porque los adolescentes se divierten más mandando imágenes y videos que escribiendo, sino porque saben o presienten que los mayores no tienen ni idea de cómo usar Snapchat. Tienen razón en eso, y este aturdimiento de los adultos se debe a una constelación de razones. La primera, hay que decirlo, es que están tratando de encontrar en Snapchat un montón de funciones que suponen deberían estar allí, sin entender que este supuesto no tiene por qué ser cierto. Snapchat es Snapchat, de la misma forma que Twitter era Twitter (y tampoco nadie lo entendía al principio). Pero hay algo quizá más profundo.

Los que tenemos 30 o más años nos formamos en un mundo previo a Internet y las computadoras. En ese mundo no sólo escaseaban las imágenes, sino que era muy difícil que uno mismo produjera fotos y videos instantáneos, y era del todo imposible transmitirlos a casi cualquier lugar del mundo mediante un dispositivo portátil en tiempo real. Por lo tanto, el texto era Rey, y lo había sido durante los 500 años anteriores. El esfuerzo textual nos proporcionó una formidable capacidad de abstracción. No de otro modo podíamos extraer de interminables líneas de simbolitos las aventuras que nos contaban Verne, Salgari, Kipling, Clarke o Bradbury.

Pero la omnipresencia del texto, para una especie que es principalmente visual, nos agobió con dos pesadas mochilas. Por un lado, dada la mediación que el texto requiere, perdimos espontaneidad. Por otro, nos sujetamos a la permanencia. Si algo no estaba impreso en negro sobre blanco, no valía nada. Demasiado estructurado para los chicos de hoy.

Podrán rasgarse las vestiduras, pero la permanencia, el almidón y la solemnidad son cosa del pasado. Y me parece fantástico. (Dicho sea de paso, me causa gracia el que se queja de la aparente frivolidad de Snapchat y después te manda 4 millones de emoticones en el chat.) Por añadidura, los mensajes de Snapchat despedazan aquella absurda dicotomía con la que crecimos, la de que una imagen vale más que mil palabras. Eso les preocupa cero a los chicos. Usan imágenes, videos, texto, efectos, stickers y dibujos a mano alzada con el más absoluto desparpajo. Es algo de ese momento que su interlocutor verá sólo una vez, durante unos segundos, y adiós. Han aprendido una lección que nosotros, los adultos, no logramos incorporar ni después de 100.000 horas de yoga y dos décadas de psicoanálisis. Es decir, que sólo importa el ahora. Que el pasado ya fue y que el futuro, cuando llega, es presente.

Ejemplo sencillo: cuando salgo de la facultad, tarde por la noche, y todavía me queda por delante manejar unos 40 kilómetros, ¿qué tiene más sentido? ¿Enviar un mensaje que diga Salgo ahora, llego en 54 minutos? ¿O mandar la imagen de Google Maps con la ruta y el tiempo estimado de llegada, imagen que sólo tiene sentido almacenar durante unos segundos? Sí, claro, opto por lo segundo. Esta es la clase de clic mental que te hace admirar la idea detrás de Snapchat.

Cuestión aparte, me parece al mismo tiempo peligroso que no abordemos con urgencia la limitada capacidad de abstracción que evidencian muchos de nuestros alumnos. Es uno de los motivos por los que aconsejo enseñar a programar desde muy temprano, y con menos dibujitos y más código. Porque sin esa capacidad de abstracción los empleos de calidad quedarán muy lejos del alcance de esos chicos cuando salgan al mercado laboral.

WhatsApp, en cambio, permanece incontaminado por las brechas generacionales. Las notificaciones de este mensajero se oyen en teléfonos cuyos dueños tienen todas las edades, y es lógico, porque mientras hay claras diferencias de código en las conversaciones de cada grupo etáreo, hacer cosas es siempre hacer cosas.

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